La intervención en la sede de San Vicente del Raspeig redefine unas instalaciones con más de 50 años de servicio. El proyecto articula la tradición heladera, originaria de la montaña alicantina, con una vocación empresarial contemporánea. La arquitectura materializa esta dualidad, integrando los espacios de producción con una nueva narrativa museográfica que pone en valor el patrimonio histórico de la compañía.
La propuesta fusiona naturalización y tecnología mediante una envolvente de madera y aluminio. El diseño integra el ciclo del agua en la arquitectura: el excedente del proceso industrial se recicla para abastecer el jardín vertical, la cubierta vegetal y los núcleos húmedos. Esta estrategia de economía circular visualiza el compromiso medioambiental de la marca a través del paisaje.
El programa se organiza en torno a un museo etnográfico que actúa como nodo distributivo hacia las nuevas áreas de dirección, comedor y laboratorio-heladería. La actuación trasciende lo constructivo, abarcando desde la reurbanización exterior hasta el diseño gráfico, la señalética y los contenidos audiovisuales, proyectando una identidad corporativa renovada y coherente para las próximas décadas.
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